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MERCEDES PINTO


EL DIVORCIO COMO MEDIDA HIGIÉNICA UN SEÑOR... CUALQUIERA VENTANAS DE COLORES YO SOY LA NOVELA. VIDA Y OBRA DE MERCEDES PINTO ARTE CON MERCEDES PINTO



Obras de Mercedes Pinto

EL DIVORCIO COMO MEDIDA HIGIÉNICA (Conferencia)


El divorcio como medida higiénica, de Mercedes Pinto.
Edición e introducción de Alicia Llarena. Las Palmas de Gran Canaria, Ediciones del Cabildo de Gran Canaria-Instituto Canario de la Mujer, 2001


INTRODUCCIÓN
(fragmento)

La conferencia que Mercedes Pinto impartió en la Universidad Central de Madrid en 1923 —El divorcio como medida higiénica— fue un hito histórico y personal. Histórico porque en ella se vieron implicadas las personalidades políticas e intelectuales más relevantes de aquella época. Personal porque, como adelantamos en la semblanza biográfica de la escritora, fue la causa directa de su exilio en Hispanoamérica.

La historia del texto: la casualidad y sus consecuencias

Conocer cómo se gesta la participación de Mercedes en el Mitin Sanitario puede resultar tan atractivo como el texto mismo, pues se trata, en realidad, de una de esas frecuentes “casualidades” que tanto abundan en la biografía de la escritora y que parecen urdidas por una suerte de “mecánica celeste”, expresión que hemos usado en ocasiones para caracterizar ese aire de predestinación que tuvo su trayectoria intelectual y humana. De ese azar se encontrará un vivo ejemplo en el artículo que reproducimos en los apéndices de este libro (“Luces y sombras”), y que narra el momento en que a Mercedes le fue concedido el pasaporte internacional para salir del país [1].

En 1923 —el año de su polémica conferencia— la escritora canaria apenas era conocida en Madrid. Ella misma lo confirma en su prosa periodística, aunque al margen de su puntual información era fácil suponerlo, porque hasta entonces sólo era la autora de un libro de versos cuyos poemas había recitado en el Ateneo de Madrid, y que fue publicado más tarde (Brisas del Teide, 1924). Amén de estos actos públicos, y de sus colaboraciones en los diarios madrileños, nada hacía presagiar que ella fuera una de las llamadas a intervenir en el ciclo de conferencias dictadas en la Universidad, pero la casualidad le estaba preparando una de sus trampas, y no tardó en manifestarse.

Amiga personal de Carmen de Burgos (“Colombine”) con quien se convirtió en una ferviente activista del feminismo hispánico, participando juntas en numerosos actos, Mercedes fue una tarde a visitarla. Carmen era —como escribió la propia Mercedes— “gloria de España por aquel tiempo (...) escritora de fuste, sobre todo por su valiente libro “Los Derechos de la Mujer”, muy en “entredicho” por sus ideas progresistas durante la dictadura de don Miguel Primo de Rivera”. El motivo de la visita era inocente en apariencia, Carmen de Burgos estaba enferma y Mercedes quiso rendirle el amistoso homenaje en estos casos, acercándose hasta su casa.

A su llegada al domicilio se encontraba junto a Carmen “el joven escritor Ramón Gómez de la Serna, amor espiritual y consuelo de la escritora por aquellos años”, testigo de excepción de los acontecimientos que pronto iban a sucederse. A saber: Carmen de Burgos había sido invitada a cerrar un Mitin Sanitario en la Universidad Central de Madrid, organizado por el doctor Navarro Fernández, y que se había ido desarrollando en varios espacios culturales de la capital. El deseo expreso del organizador era bien claro —“Se deseaba que fuera una mujer la que cerrara el ciclo y la habían llamado a ella por ser, quizá, la más importante escritora del Madrid de entonces”—, pero su enfermedad la obligó a renunciar al acto, encontrando en Mercedes a la sustituta ideal:

"Antes de que yo pudiera contestarle —cuenta Mercedes—, tocaron a la puerta y entró en la alcoba el doctor Navarro, organizador de las conferencias. Doña Carmen le explicó su situación, ofreciéndome para ocupar su lugar en la tribuna. Mostró gran disgusto el doctor, pues yo no era conocida y sólo había publicado un libro de versos, alguno de los cuales se había leído hacía poco en el Ateneo de Madrid. Miróme el doctor con las cejas altas, preguntándome qué tema trataría en acto tan importante y con qué título me presentaría al público. Doña Carmen de Burgos alabó mis dotes intelectuales y mintió diciendo que yo era actualmente Secretaria de la Institución de Mujeres Iberoamericanas, que ella presidía... Yo dije que el tema sería “el divorcio”. —“Recuerde usted —interrumpió el doctor Navarro— que el ciclo lleva por título “Conferencias Higiénicas”—. Yo —ayudada por mi amiga— aduje que las enfermedades contagiosas y hereditarias eran motivo lógico de divorcio, ley que yo deseaba se implantase en España algún día. El doctor quedó conforme, añadiéndome que, además de la presidencia del Rector Carracido, restaba invitado como presidente honorario el príncipe de Baviera “que es médico”... Y yo salí de la casa de “Colombine”, un mucho asustada y un poco orgullosa..."

Que Mercedes eligiera precisamente ese tema puede comprenderse a la luz de su biografía. Si ella estaba en Madrid fue porque su esposo requería de un largo tratamiento psiquiátrico, enfermo como estaba de paranoia. Y es más, si ahora se presentaba ante el público madrileño reivindicando el divorcio, es porque ella misma era víctima de las caducas leyes conyugales que regían en el país. A pesar de la evidente enfermedad del marido, y de la imposible convivencia que se había establecido entre éste y su familia, a consecuencia de sus constantes y agudos brotes paranoicos, Mercedes no pudo separarse legalmente. En medio de aquellas circunstancias, la escritora aprovechó con valentía la tribuna pública para expresar y reclamar una legislación moderna, capaz de proteger a la mujer de ciertos atropellos.

El día de la conferencia la Universidad estaba a rebosar, y entre el público se encontraba un personaje de auténtica alcurnia, el Príncipe don Fernando de Baviera. Las palabras de Mercedes tuvieron éxito, pues en el Madrid de la época abundaban los espíritus inconformes, ávidos de reformas, máxime cuando muchos estaban acallados por la política de entonces. Después de los aplausos, e incluso de los vítores, ante el discurso audaz y temerario de la escritora, fue reclamada por el Príncipe, con quien tuvo un breve encuentro:

“¿Pero de dónde eres tú, criatura, que te has atrevido a hablar así?—. Su acento era fuertemente alemán. Yo puse mis labios cerca de su oído y murmuré: —Soy canaria—. —¿Pero hay canarios rubios?— preguntó sorprendido. Y yo, riendo, siempre en voz muy baja: —Hay canarios de todos los colores—. Continuamos hablando entre bromas y me pidió que fuera a conocer a su esposa: —Es escritora —me dijo con orgullo. La esperamos mañana al mediodía en el Palacio (...)”.

Mercedes no acudió a la primera cita con don Fernando de Baviera, pero sí a la segunda, donde estuvo rodeada de una pléyade de sacerdotes y religiosos, y de algunos familiares directos de Alfonso XIII, como la princesa Paz, su tía carnal. Fue ésta la que propuso a Mercedes Pinto su participación en una iniciativa que, desde luego, poco tenía en común con la escritora: “un puesto de oradora para, ayudando a otras señoras de su confianza, se lograra la fundación en toda España de Juntas de Acción Católica, institución de la que ella era la presidenta”. La princesa también interrogó a Mercedes por su conferencia universitaria, mostrándole en el “gesto algo duro” de su cara cierta desconfianza, algo que aumentó enseguida, cuando “Después del ofrecimiento de trabajo y tras un minuto de silencio, yo dije: —Muy agradecida, señora, pero lo pensaré...—. Ella me miró con disgusto, murmurando: —Creí que le hacía a usted un gran favor...—.”

Que la audiencia en el Palacio no resultó positiva es evidente, y que la respuesta de Mercedes pareció insolente a la católica princesa también lo es, sobre todo a tenor de las palabras con que don Fernando de Baviera despidió a Mercedes: “—Mi esposa no ha quedado contenta—. Y añadió con voz tranquila, pero que a mí me heló la sangre en las venas: —Es posible que se vea usted obligada a salir de España...”. Esta fue la primera amenaza que Mercedes Pinto recibió en Madrid, pero no desde luego la más grave, que empezaría a urdirse tan sólo tres días después de este suceso, cuando recibió una carta de Carmen de Burgos “diciéndome que como ella había dicho a la prensa que yo era Secretaria de la Asociación de Mujeres Ibero-Americanas, de la que ella era presidenta, le había enviado el Jefe de Gobierno un mensaje urgente, pidiéndole que fuese la secretaria para entrevistarla en Gobernación...”. Y en efecto, a las dos de la tarde Mercedes Pinto se dirige a su entrevista personal con Primo de Rivera:

"—¿Es usted la señorita que ha dado esta semana una conferencia sobre el divorcio, en la Universidad Central?. —Sí, señor —respondí casi serenamente—. Sólo que soy señora y con hijos. Y no sabe usted —continuó en voz más alta— que España tiene un concordato con el Vaticano?. —No señor, no lo sabía —¡España es católica —gritó— Y no se puede consentir que se hable de cosas que Roma prohibe!. Y añadió, en voz más baja: —No lo puedo consentir, porque otros seguirían hablando de cosas, cada vez más prohibidas.... Comprendí, con su silencio repentino, que no tenía nada más que decirme, y me despedí con un leve saludo, marchándome convencida de que aquella sería mi primera y última entrevista con el que era el dueño de los destinos ¡y de la voz de España...!"

Los amigos de Mercedes, conscientes de la gravedad que habían tomado los acontecimientos desde esta entrevista, no dudaron en aconsejarle su salida del país, y en proporcionarle lo necesario para que ésta se llevara a efecto lo antes posible. De esta manera, “todos de acuerdo comenzaron a redactar una carta, petición de pasaporte para Montevideo, capital de Uruguay, que era entonces la Meca de los perseguidos por el atraso de leyes y costumbres”, simulando en la solicitud que el viaje obedecía a la visita de un pariente enfermo que estaba a punto de morir.



A Mercedes le ilusionó el destino que le aconsejaron sus amigos, y no evidentemente porque quisiera abandonar la capital de España, sino porque viajaba en grata compañía. Llevaba cartas para Juana de Ibarbourou, Zorrilla de San Martín, otros escritores y artistas, y recomendaciones para políticos importantes y el propio
Presidente de Uruguay. Pero antes era preciso un pasaporte, cuestión nada sencilla en su caso. De hecho, frente al Comandante Cavestany, encargado de su tramitación, la treta que tramaron sus amigos fue descubierta: “usted sabe perfectamente que su petición de pasaporte está

asada en falsedades; ni usted tiene necesidad de ir a Montevideo, ni usted tiene allá ningún pariente, ni enfermo ni sano... ¿Por qué trata usted nuevamente de ofender a las autoridades españolas?”. En este punto de tensión máxima, la “mecánica celeste” se echó a andar y, por esas casualidades del destino que tantas veces acompañaron a la escritora, Mercedes recordó algo importante, trascendental, un vecinal y antiguo parentesco en el Comandante:

“Estuvo usted en la isla de Tenerife hace años, cuando aún era teniente?” Me miró con infinito asombro y contestó débilmente: “Sí, pero ¿qué tiene que ver...?” Entonces yo solté la palabra y los recuerdos como un torrente incontenible: “¿Fue su padre a las islas como teniente general de administración militar? ¿Tenía usted una hermana de mi edad entonces, que se llamaba Lolita? ¿Tenía usted un hermano, Pepe, que me enviaba sus cartas de pretendiente con el soldado asistente de usted?” Yo hubiera continuado, si él no me hubiese interrumpido preguntando a su vez, con las cejas enarcadas y el pálido rostro colorado por el asombro: “¿Pero es usted acaso Merceditas Pinto y Armas Clos?”. Le contesté afirmativamente y, entonces, me lancé disparando las frases, los conceptos, toda mi historia trágica y doliente, a mil palabras por minuto, hasta que el comandante extendió una mano, diciéndome: “No siga usted por favor... ¿pero cómo no he sabido yo nada de eso?” Yo aproveché esta frase para continuar hablando y exponiéndole mi situación y mis deseos: “La conferencia en la Universidad, que había sido la exposición de mis anhelos para todas las mujeres mártires, había levantado las iras del Jefe del Gobierno y mi destierro era ya inmediato... En cambio, en Montevideo, libre y con mis hijos, que tal vez estaba en peligro de perder, yo podría triunfar, por lo menos, vivir limpia y honradamente, sin persecuciones ni sustos...”

Con el pasaporte en regla, acompañada de sus hijos y del nuevo “Jefe de la Tribu”, Rubén Rojo, con quien se casaría oficialmente en Montevideo, Mercedes Pinto sale hacia Portugal, para embarcar luego con rumbo a Montevideo, tres días más tarde.

El texto hace historia: la persuasión por el sentimiento

El divorcio como medida higiénica está en íntima conexión con la vida y la obra de Mercedes, y ello es visible en los argumentos que expone en la conferencia. Digamos, por otra parte, que la reivindicación del divorcio es también el tema de su primera novela (Él), texto autobiográfico que estuvo a punto de publicarse en España, de no haber sido por los sucesos que acabamos de relatar. Se percibe en las palabras de la escritora una angustia que no es intelectual, sino que se afinca en su vívido conocimiento de la dolorosa convivencia conyugal, y en el fundado temor de que sus hijos padezcan las tremendas consecuencias. La conferencia, en este sentido, no hacía más que dar forma a una perentoria necesidad de separación, convirtiéndose en la voz colectiva de una vieja aspiración femenina: “Yo vengo hoy aquí sin pretensiones de ningún género; vengo como una mujer cristiana y sencilla que ha llorado y ha visto llorar, y recogiendo mi dolor y el dolor de las otras mujeres que se han cruzado conmigo en el camino de la vida”.

Mercedes fue advertida por algunas mujeres del atrevimiento de su idea, pero pudo más el ánimo que le infundió el doctor Navarro, y sobre todo su difícil y agónica situación personal, como se deduce de los argumentos que enumera en su intervención. En primer término, la escritora defiende el derecho al divorcio cuando las leyes de la herencia genética son susceptibles de perpetuar en la más frágil descendencia —los hijos— enfermedades de carácter mental, sobre todo cuando estas son de difícil previsión y diagnóstico. La paranoia, por ejemplo, se manifiesta en la juventud, y a veces después del matrimonio, o tras el nacimiento de los primeros vástagos (como ocurrió en su caso) y una vez desatada en el enfermo puede incluso pasar inadvertida para quienes no formen parte de su círculo más próximo. Esta es la queja de Mercedes, lamento que no ha perdido actualidad: ¿cómo aportar pruebas del “sadismo en la alcoba nupcial”, de ese castigo que se inflige en la intimidad del hogar, imposible de ser visto ni oído? Como quiera que el Código

"aprecia como motivo de divorcio aquellos golpes de naturaleza tal que pudieran haber causado la muerte, y una cantidad de testigos que no sean de la familia, ni sirvientes, sino personas de fuera de la casa que hayan presenciado los hechos (...) todas las violencias, las torturas y los horrores incontables por asquerosos o brutales que contra su esposa pueden ocurrírsele a un paranoico, no son nada ante las leyes; tiene que esperar que le peguen un tiro... (...) Y por lo que se refiere a los testigos, desde luego comprenderéis lo imposible de que ciertos martirios, generalmente de alcoba y nocturnos, tengan testigos, porque no es costumbre que los amigos estén en la habitación a esas horas, y si la esposa grita, ya tendrá cuidado de no volver a hacerlo porque el marido lo impedirá, del modo que pueda, pero lo impedirá".

En este aspecto, como hemos dicho, la reivindicación de Mercedes sigue teniendo, casi un siglo después, una vigencia absoluta, pues exige no sólo el divorcio, sino un divorcio “rápido”, diligente, que evite la muerte de la esposa y asegure la feliz supervivencia de los hijos. De hecho, si al principio parece que sus peticiones se basan en la posible transmisión de la enfermedad mental hacia los hijos, pronto deja entrever que ésta no es la única fuente de amarguras, “pues aun no heredando la enfermedad del padre, como han sido engendrados en medio del terror y de la aversión, saldrán idiotas, epilépticos o degenerados; ese hijo nacido a la fuerza de una madre dolorida y llena de espantosos temores, y de un padre celoso y enloquecido ¿cómo saldrá?”

Dadas estas premisas, en las que Mercedes Pinto hace ver al auditorio las terribles secuelas de una relación conyugal inclinada por propia naturaleza a la crueldad, a la angustia o al pánico, su proposición fue acertada tanto como polémica, porque para detener este círculo desesperante, la escritora sugiere que un certificado médico debería bastar para proteger a la esposa y a sus hijos de los excesos paranoicos del marido, y reclama leyes que otorguen derecho a la mujer “sin necesidad de que el marido queme la casa, o como se dice vulgarmente llegue a ‘comerse los niños crudos’” .

Señalemos aún dos aspectos más; primero, que a pesar de la claridad de su pensamiento, y como ella textualmente dice, Mercedes se queda corta, “porque me he limitado a pedir el alejamiento del peligro, sin rogar que nos permitan la felicidad”. Estas palabras han de verse a la luz de la época, y de la propia biografía de la escritora, pues bien se sabe que una cosa era pedir el derecho al divorcio (idea ya peligrosa en sí misma), y otra muy distinta el derecho a un nuevo matrimonio, a la recomposición de la vida sentimental, tan mal vista en el ideal femenino de aquella sociedad. El personaje femenino de su primera novela y, más tarde el de su segunda entrega narrativa (ambos textos profundamente autobiográficos), se debate precisamente en esa aspiración, consumando con su huida y su segundo matrimonio la felicidad que le negaban las leyes españolas. Para ilustrar ese anhelo y legitimarlo ante el auditorio, Mercedes Pinto concluye su conferencia con las recomendaciones que el Doctor Camino —prestigioso médico, director de la sala de psiquiatría del Hospital Militar— había publicado en un artículo:

"En este artículo afronta con hermosa valentía el punto que yo no toco en mi discurso (...) en el caso de que, a pesar de toda esta legislación previa, la ley continuase, como en la actualidad, en su criterio cerrado de no conceder el divorcio absoluto, soy de los que opinan que el cónyuge ofendido, siempre y cuando tenga conciencia de su dignidad y de su inocencia, debe seguir el camino marcado por la naturaleza; esto es, buscar el amor y el hogar a que tiene derecho allí donde lo encuentre".

Para concluir, hagamos mención al estilo que eligió Mercedes para hablar al público madrileño en aquella tarde de 1923, ese que caracterizó en adelante a la comunicativa y empática conferenciante en la que se convertiría durante su gira por toda Hispanoamérica. En algún momento de su intervención, para dar credibilidad y prestigio a sus apreciaciones sobre la locura, y para que su experiencia no resultara exclusivamente personal y subjetiva, la escritora cita textos y autores de la literatura universal donde el lector encontrará un reflejo literario de todas las desagradables circunstancias que genera una enfermedad mental. Pero ni las citas son excesivas ni, como verán los lectores de su conferencia, están llamadas a adornar el texto con resabios academicistas o enciclopédicos. En el mismo sentido, Mercedes Pinto, que conocía numerosos ensayos y testimonios sobre psiquiatría y paranoia, que había bebido con fruición intentando encontrar respuesta y apoyo clínico a su problema, renuncia a utilizarlos en favor de una exposición más espontánea, que logre arrancar del público una solidaridad emocional, esa que consideró a lo largo de su vida como el vehículo perfecto para establecer una fuerte comunicación con sus oyentes: “Yo podría nombrar en apoyo de mi tesis —dice— una lista interminable de doctores eminentes, extranjeros y nacionales, y de hombres de ciencia de todos los países; pero tengo mi propio modo de ser, y antes quiero llevar a las conciencias la persuasión por el sentimiento que se adueña del alma, que la pedantería de lucir conocimientos que pudieran parecer pegadizos y de Enciclopedia económica”. He aquí una definición precisa de su método, su manera de influir en el auditorio, la característica más acusada de su oratoria: su original persuasión emotiva, la intensa persuasión sentimental.

NOTA:

[1] El artículo fue publicado en Los Jueves de Excelsior, prestigioso diario mexicano, donde Mercedes ocupó durante años una sección titulada por ella misma “Ventanas de Colores”. En algunos de esos textos la escritora cuenta de forma autobiográfica todos los acontecimientos relacionados con esta conferencia, desde la invitación al Mitin Santitario hasta su salida del país con dirección a Montevideo. Por la relación directa de esos artículos con El divorcio como medida higiénica, los he reproducido íntegramente en los Apéndices de este libro. Todas las citas textuales de Mercedes que narran esta etapa de su vida, y que incluyo en estas páginas, pertenecen a esos artículos.

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