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MERCEDES PINTO


EL DIVORCIO COMO MEDIDA HIGIÉNICA UN SEÑOR... CUALQUIERA VENTANAS DE COLORES YO SOY LA NOVELA. VIDA Y OBRA DE MERCEDES PINTO ARTE CON MERCEDES PINTO



Estudios sobre Mercedes Pinto

YO SOY LA NOVELA. VIDA Y OBRA DE MERCEDES PINTO


Alicia Llarena: Yo soy la novela. Vida y obra de Mercedes Pinto
Las Palmas de Gran Canaria, Ediciones del Cabildo de Gran Canaria-Instituto Canario de la Mujer, 2003.


CAPÍTULO 1. HISTORIA DE UNA BIOGRAFÍA (fragmento)

La historia de esta biografía comenzó en 1989, cuando la Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno Autónomo de Canarias sacó a la luz, en edición facsímil, una novela publicada en Uruguay sesenta y tres años antes: Él, de Mercedes Pinto. El volumen llamó mi atención por varias razones; primero, porque ignoraba completamente quién era la autora; segundo, porque la novela procedía de un espacio y un tiempo poco comunes (Montevideo, 1926); y tercero, porque bajo el plástico transparente con el que el libro estaba envuelto, el editor había incluido una cuartilla con una información preciosa, un fragmento del libro de Juan Francisco Aranda (Luis Buñuel, Lumen, 1960) capaz de conmocionar a cualquiera:

"Él, la novela de la canaria Mercedes Pinto que sirvió a Buñuel y Luis Alcoriza para realizar el guión de la película de idéntico título que dirigió el cineasta aragonés en 1952, y que recibió en Basilea el premio FIAF.
Él es el estudio científico de otro psicópata (fue proyectado por el profesor Jacques Lacan en la Escuela de Psicopatía de París, Hospital Sainte Anne).
El protagonista de Él es producto de una casta familiar, social y religiosa. Todas sus reacciones, aunque increíblemente ridículas y absurdas, son muy reales en un sudamericano paranoico, pero todavía más en un español. Cuenta el caso de un burgués celoso, pero, más que cualquier otro film de Buñuel, Él es una de las obras maestras de Buñuel.
“Es una de mis preferidas... Me satisface sobre todo por lo que tiene de documento verídico sobre un caso patológico... Pero toda la exposición minuciosa, detallada, documentada, del progreso psicopático del personaje resultó inverosímil para el gran público, que se reía frecuentemente durante las proyecciones del film” L. Buñuel

Que la novela de una escritora canaria publicada en los años veinte sirviera de argumento a Luis Buñuel era ya un dato extraordinario; que además lo fuera de una de sus películas preferidas amplificaba la emoción; que Jacques Lacan se sintiera atraído por este caso de paranoia rozaba el grado de lo increíble; y que en aquellas fechas una autora de las islas edificara su ficción sobre una enfermedad mental me pareció, cuando menos, un gesto excepcional en el contexto de nuestras letras. Sin haberle quitado aún el envoltorio, el libro ya me había envuelto a mí en un mar de preguntas, y la primera de todas, precisamente, fue la de la ausencia: ¿por qué no lo editaron antes? ¿Y por qué nadie habla de Mercedes Pinto?

Mientras rasgaba el plástico con honda expectación, otras interrogaciones empezaron a aflorar: ¿Cómo conocería Buñuel esta novela? ¿Y a la escritora la conoció? ¿De dónde su interés por llevarla al cine? ¿Y qué hacen Lacan y la paranoia en todo esto? ¿Por qué se publicaría en Uruguay?... Y, finalmente, la auténtica pregunta ¿Quién es Mercedes Pinto? ¿Habrá escrito otras cosas? En busca de alguna información oculta en el interior, abrí las páginas, tan vacías en este aspecto como plenas en muchos otros. La naturaleza facsímil de la edición permitía conocer por la portada la ciudad de edición y la propia casa editorial (Montevideo, Editorial de la Casa del Estudiante), y en su reverso una lista de “Libros Uruguayos que Ud. debe leer”, publicidad del famoso Palacio del Libro; e incluso sonreír con las hojas finales que, al uso de la época, están pobladas de una heterogénea propaganda hoy reservada a periódicos y revistas (desde anuncios de médicos y abogados, hasta el anuncio del “Agua Salus. La mejor agua mineral”, la “Compañía de Navegación Lloyd Brasileiro”, la pasta “Dentinol”, o el célebre tabaco “Partagás”). Por su parte, la fecha exacta de la edición se identifica claramente al final del texto (“Este libro se terminó de imprimir el día 21 de agosto de 1926, en la Imprenta Nacional Colorada”), igual que el nombre de los tres ilustradores, que aparecen en la hoja anterior (De Simone, Fernández y González, Federico Lanau). Sin embargo, el volumen no incluía ninguna nota biográfica sobre Mercedes Pinto, ninguna pista que pudiera identificarla, que la hiciera tangible en aquel primer encuentro, que contara algo más sobre su vida y diera pistas sobre sus obras. Pensé entonces que el editor podía haber añadido al libro otra cuartilla con datos sobre la autora, apéndice cuya ausencia sugería que lo único importante de la novela era el vínculo con Buñuel.

Amén de leer el libro y de buscar la película del director aragonés, me ocupé los días siguientes de indagar en bibliotecas y consultar historias literarias, por ver si se iluminaba de algún modo la figura de Mercedes. Como fruto de aquellas primeras tentativas conocí entre otras cosas su libro de versos Brisas del Teide (publicado en Madrid en 1924), pero también el grado de ausencia de la escritora en los manuales más accesibles de la literatura insular [1], donde la mención de Mercedes sigue siendo mínima, y su presencia se justifica únicamente con relación a Luis Buñuel. [2]

A pesar de la exclusión de Mercedes Pinto en el discurso oficial de nuestra historia literaria, que podría interpretarse a priori como una consecuencia de la escasa relevancia de su obra, o de su falta de continuidad (sólo suelen mencionarse sus dos primeros títulos) mi curiosidad siguió intacta, porque a las primeras preguntas sobre la autora se fueron sumando las que surgieron del contacto directo con el texto. En la lectura de Él, además del tema excepcional, de la crudeza de ciertas escenas, de sus personajes y sus anécdotas, me llamó la atención “ese arte lapidario con que está escrito” [3], una prosa nítida, lacónica, fragmentaria (poco más de cien brevísimas escenas) y sobre todo intensa, que sorteaba con eficacia poco habitual el tono dramático o los excesos emocionales del argumento. En este sentido, la novela estaba lejos de responder a las tópicas expectativas del discurso confesional que, de un modo a veces sospechoso, se le presupone históricamente a la escritura femenina.

Pero el texto presentaba también otros ingredientes inquietantes: una dedicatoria a su hijo Juan Francisco, “tortura taladradora y eterna de mis horas desde su desaparición, en los días cruentos de mi extraña odisea” [4], y una “Aclaración” sobre las intenciones del libro y el motivo por el que decidió publicarlo acompañado no de opiniones de críticos literarios, sino de médicos y jurisconsultos, y donde aparece una valiosa información biográfica:

"Mi libro estaba ya preparado para salir a la calle gritando todo su dolor y toda su inquietud. Pero “un viento de tragedia”, como el de la hermosa poesía de la escritora uruguaya Luisa Luisi, lo arrancó de la casa Pueyo donde se estaba editando, y lo arrancó también de Madrid, y de España... y de Europa!
Al llegar a Montevideo, mi anhelo por sacar a los caminos de la Vida la sombra de “El”, continuaba, y entonces pensé con temor si tendría cabida su figura en este país donde las leyes mejoran la situación de la mujer y la protegen más; en si tendría ambiente mi libro y hallaría eco en esta sociedad" (Él, 8)

En estas mismas páginas Mercedes razona la decisión que la llevó a incluir en el libro un total de cuatro textos que, a manera de prólogos y epílogos, firman otros tantos notables de la época. La escritora necesitaba arroparse de estos discursos de autoridad porque era consciente de la polémica que su caso suscitaría en España (donde estuvo a punto de imprimirse), país donde el divorcio seguía siendo un tabú social [5]; por ello solicita la complicidad del abogado y escritor Jaime Torrubiano Ripoll (Catedrático de la Real Academia de Jurisprudencia de Madrid), del célebre doctor en psiquiatría Julio Camino Galicia (Coronel Médico Director del Departamento de Alienados Militares en Carabanchel), de Alberto Valero Martín, “el abogado de moda en Madrid, el lord Byron de la poesía española” (Él, 8), y del uruguayo Santín Carlos Rossi, sociólogo y doctor especializado en psiquiatría. Todos ellos participan en la primera edición de la novela con sendos prólogos y epílogos, documentos que no sólo han sido escritos por hombres de ley y de ciencia, sino también por individuos de una condición ideológica heterogénea, lo que los hace sumamente interesantes: “Reunidas están pues en mi novela, opiniones diversas y diversidad de tendencias, como prueba de mi amplitud espiritual, ya que preguntados quedan católicos, ateos, librepensadores...” (Él, 8). Por otra parte, ante la ausencia general de información sobre Mercedes, los textos, que habían sido añadidos como atenuantes de la idea que impulsa la novela (reclamar la legalidad del divorcio cuando la tragedia conyugal raya en la violencia o la locura), resultaron finalmente esenciales, pues sus contenidos hacen pensar constantemente en la naturaleza autobiográfica del relato:

El divorcio vincular lo considera Vd. Entre líneas, si no me equivoco, como la única solución posible de las grandes tragedias conyugales (...) ese divorcio es, tal vez, el que entiendo desearía Vd., para su remedio y el de tantos ciudadanos españoles, ver establecido en nuestra patria... (Jaime Torrubiano, Él, 12)

Pero si la señora Mercedes Pinto ha narrado tan bien su observación, si ha logrado tanta felicidad a su relato, no es seguramente solo porque tiene imaginación emotiva, gracia espontánea de estilo y vigor maestro de expresión: hay algo más que literatura en este libro. Mercedes Pinto es escritora y poetisa de talento, tuvo un ambiente que pudo darle conocimientos superiores; pero el psicólogo que hay en el psiquiatra insiste que en estas páginas hay algo más que literatura: hay vida y hay dolor. Esta observación fue “vivida”, me atrevería a jurarlo... Y siendo así, esta libro ya no es una “novela”, sino un “documento” (Santín Carlos Rossi, Él, 16)

Su autora, la ilustre socióloga y pedagoga Mercedes Pinto, nos ha revelado aparte de sus brillantes dotes literarias, poseer un alma potentemente intelectualizada pero que no ha sabido perder los atributos de su feminidad y por ello resulta efectivamente altruista en grado superabundante, efectividad que la ha obligado a no poder sufrir callada los ayes y lamentaciones de todas aquellas inocentes criaturas que por la ley fatal del destino, o por culpa de la incultura y cobardía de los demás, fueron condenadas a vivir en perpetuo martirio (Julio Camino, Él, 172).


Durante un tiempo, toda la información sobre Mercedes Pinto que pude acumular en mi primer acercamiento se resumía en estos datos, importantes desde luego para entender la resistencia imperante en el contexto social de la novela hacia el divorcio (prohibido en España), y la perturbación que la denuncia explícita de este “caso clínico y social” ocasionaría en el entorno, pero insuficientes para resolver cuestiones importantes que la lectura del libro no hizo más que acentuar: ¿Por qué tuvo que arrancarlo de la imprenta de Madrid? ¿Qué ocurrió exactamente con Mer

edes? ¿Quién era él? ¿Por qué se fue a Montevideo? ¿Le ocurrió a ella misma todo lo que cuenta? ¿Hasta dónde la realidad y hasta qué punto la ficción? ¿Y qué hacía la escritora canaria en Madrid? ¿Tendría más obra publicada? ¿Por qué desapareció sin dejar huella? ¿Quién era, en definitiva, Mercedes Pinto?

Desde esos días hasta hoy la escritora ha sido un misterio centelleante que resurgía, una y otra vez, cuando se cerraban todas las puertas y los muros parecían infranqueables. Así, cuando ya no esperaba resolver los tantos y tan grandes acertijos que quedaban pendientes, la vida de Mercedes Pinto empezó a transparentarse en una curiosa suma de instantes azarosos, imprevisibles, y hasta enigmáticos —demasiado casuales—, que poco a poco iluminaron su rica trayectoria existencial. Mis actuales conocimientos sobre la escritora se fueron edificando sobre las escasas aportaciones precedentes que encontré en las islas [6], y en las que pude conocer que la obra de Mercedes era más amplia de lo que indicaba el largo silencio en torno a ella, que fueron muchas y variadas las acciones culturales que llevó a cabo en España e Hispanoamérica, y que, a pesar de su singular trayectoria, excepcional en su contexto histórico, nadie se había ocupado aún de hacer un estudio profundo, sistemático y riguroso sobre el tema. Es más, a la ausencia de ese estudio global sobre Mercedes Pinto se unía la ausencia de sus obras, inaccesibles o incompletas en el mercado editorial y aún en las bibliotecas más surtidas del país. Por más que había avanzado sustancialmente desde que la descubrí en aquella edición facsímil, las lagunas sobre la autora eran tan grandes como el océano que media entre Canarias y América.

Mucho tiempo después, de un modo casual e inesperado, en el transcurso de un viaje al Nuevo Continente, el nombre de Mercedes emergió en el lugar menos previsible, en El Colegio de México, en medio de un cóctel, cuando alguien sorprendido por mi raro acento me preguntó de dónde era. Al responderle que de las Islas Canarias, comentó sobre la marcha: “yo conozco a una escritora canaria que vive en México: Mercedes Pinto; bueno, ella murió hace años, pero conozco a su hija, la actriz Pituka de Foronda, que vive todavía”. Esta casualidad extraordinaria no era en el fondo gratuita, porque durante los tres meses que residí en el Distrito Federal yo ya había repartido numerosos ejemplares de la novela Él entre distintas bibliotecas y grupos de investigación, y había hablado de la escritora en todas partes, en busca precisamente de alguna pista sobre su vida en la capital azteca.

Lo que he alcanzado a conocer sobre Mercedes debe mucho a esta anécdota, que me obligó a volver a México con el único propósito de encontrarme con Pituka. La primera vez que nos vimos la emoción de las islas le brotaba por todas partes: me recitó poemas completos de Mercedes, me contó cosas de su vida, y acabó cantando la canción con la que más identificaba a su madre, nuestro conocido y emblemático “Arrorró”. Al día siguiente, la actriz me citó en su casa para enseñarme el patrimonio personal de Mercedes Pinto, ubicado en un cuarto pequeño –el último despacho de la escritora—, en cuyas paredes y estantes se agolpaban sus libros, carpetas, diplomas y fotografías. La abundancia del material me anunció enseguida que la tarea no iba a ser fácil, y que no bastaban unas horas o un par de días para poner en orden aquel maravilloso laberinto de papeles viejos. Mientras miraba todo cuanto estaba ante mis ojos, Pituka me miraba no sin ciertos recelos, entre la esperanza de la promesa que entonces le formulé (rescatar la obra y la figura de Mercedes) y la sospecha de que mi interés fuera efímero.

Volví varias veces a México. Y quizás por la celebración que yo hacía ante los datos, acontecimientos y anécdotas que narraba ante mi grabadora, o por la emoción que manifesté cuando depositó en mis manos algunas obras de Mercedes, inaccesibles hasta la fecha, Pituka acabó hospedándome en su casa, para evitarme el trasiego de ida y vuelta en aquella ciudad inmensa. Con ella y Herbert Wallace, su marido, conviví durante días en su preciosa residencia de Cuajimalpa; y rodeados de una atmósfera irrepetible, a la que contribuían el acompañamiento musical (el “Arrorró” de Olga Ramos y otras canciones de las islas que le había llevado expresamente como obsequio), decidimos colocar sobre la mesa de billar todo lo que en la casa había quedado de Mercedes, desde sus libros hasta sus anillos de plata tan llamativos, desde sus credenciales de periodista hasta sus recortes de prensa o documentos más íntimos. Mientras ordenaba la vida y obra de Mercedes entendí por qué había sido hasta entonces una mujer desconocida. Todo era tan abundante (sus actividades teatrales, su labor de conferenciante y su obra periodística, especialmente) y estaba tan disperso, que era imposible abordarla en poco tiempo, y una primera aproximación a su trayectoria ofrecía de entrada serias dificultades. Entre otras cosas la información que encontré en la casa de Pituka debía complementarse con otras búsquedas, a veces en puntos tan lejanos como La Habana, Uruguay o Chile; y reunir su obra periodística –sin duda la más difícil— exigía una lenta, complicada y agotadora empresa entre hemerotecas de países diferentes, amén de una problemática disposición temporal y económica. A pesar de estas serias dificultades, Mercedes Pinto seguía teniendo una luz extraordinaria, y decidí comprometerme en su rescate.

Las páginas que siguen son el resultado de ese compromiso extrañamente personal con Mercedes al que me condujeron sus obras tanto como otras coincidencias y avatares del camino. Me mueve en ellas el propósito de acercarla a los lectores, pero sobre todo el de restituir su legado en nuestra historia cultural, donde su ausencia es notoria. Dado el inevitable encuentro que en este libro iba a producirse, entre el tono narrativo del relato biográfico, y la necesidad de proveer, fijar y contrastar abundantes datos, imprescindibles en un primer estudio de conjunto, he preferido no interrumpir la lectura de una vida, y dejar para las notas a pie de página, en la mayor parte de los casos, la información que precisa un lector más curioso o exigente. Confío así en que la lectura de estas páginas pueda resultar amena y sugestiva, sin renunciar al rigor y la seriedad de una investigación donde convergen, además, múltiples materiales: los que conocí directamente de los textos de Mercedes, de sus propios familiares, los que me participaron trabajos y publicaciones precedentes, y lo que yo misma he logrado reunir en distintas ciudades de Hispanoamérica. Confío también en que este volumen sirva de orientación a futuras investigaciones, dispuestas a completar el mosaico de esta vida casi inabarcable, y que de algún contribuya al requerimiento que expresara en su día el dramaturgo mexicano Luis G. Basurto, amigo personal de la escritora: “Mercedes Pinto requiere un biógrafo apasionado y acucioso: tan amplia y profunda es la imagen de su personalidad; tan rico el camino de su vida multifacética y asombrosa” [7]. Provista al menos de la pasión que me inspiró desde el principio la escritora tinerfeña, estos capítulos son un primer tributo a su figura, un primer intento de responder a esa pregunta que un día me hiciera yo: ¿Pero quién es Mercedes Pinto?

NOTAS

[1] En la Historia de la literatura canaria, de J. Artiles e I. Quintana (1978), por ejemplo, no hay una sola referencia; y en publicaciones muy posteriores a la edición facsímil de Él, la información sigue siendo escasa: “PINTO DE ARMAS, Mercedes (1890-?). Prosista. n. en Santa Cruz de Tenerife. Autora de un libro de versos, Brisas del Teide, debe su renombre a la novela Él, que sirvió de base al guión de una de las películas mexicanas de Luis Buñuel, y que se publicó en Montevideo (Uruguay). Hay una reedición facsimilar de 1989” (Jorge Rodríguez Padrón, Primer Ensayo para un Diccionario de la Literatura en Canarias, Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno Autónomo de Canarias, 1992, p. 246). Incluso en páginas web donde se sintetiza la trayectoria de los historiadores y escritores tinerfeños más relevantes, la obra aparece incompleta y equivocadas las fechas de muerte y nacimiento: “Santa Cruz de Tenerife, 1885-México 1979. Novelista y poetisa: una novela suya fue titulada Él, que fue llevada al cine por Luis Buñuel. Es autora también de Brisas del Teide (verso) y Ella (prosa)” (www.cabtfe.es/puntoinfo/texto/e/0106CULT/53.html).

[2] Es obvio que la escasa celebridad de la que ha gozado Mercedes Pinto en España se deba a la película del director aragonés, máxime si tenemos en cuenta que la obra literaria de la escritora ha sido hasta hoy desconocida. En un trabajo reciente sobre “La mirada de Luis Buñuel sobre la paranoia”, Gallego Llorente señala que “La película está basada en la novela titulada
Pensamientos de la autora mexicana Mercedes Pinto que narra su convivencia con un paranoico. No he podido encontrar dicha novela con lo que tampoco me ha sido posible saber los aportes de Buñuel a la película. Nunca explicó por qué le cambió el título a la novela, como de hecho nunca explicaba casi nada de sus películas...” (en Revista de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica de Madrid, 1999, n. 29, p. 186). En efecto, en los créditos de la película aparece el título “Pensamientos”, pero también es verdad que la novela
Él de Mercedes Pinto lleva hasta hoy seis ediciones en España e Hispanoamérica; aún así la sombra de Buñuel sigue pesando sobre el texto.

[3] Valero Martín, “Una opinión final”, Él de Mercedes Pinto, Montevideo, Editorial de la Casa del Estudiante, 1926., p. 183. En adelante el número de página sigue esta edición.

[4] Mercedes Pinto, “Ofrecimiento”, Él (sin página).

[5] "Creo conveniente dar una explicación al público, de la idea que me ha guiado al colocar mi libro como 'emparedado' entre opiniones de médicos y jurisconsultos. Advertida de que suscitará polémicas el caso clínico y social que presento (...) busqué la opinión de (...) ."un médico competente e imparcial que dijese si Él era producto de una fantasía delirante, o era un caso patológico existente por desgracia con inusitada frecuencia", (Él, 7).

[6] Debo mis primeros conocimientos y pistas sobre Mercedes al trabajo de Nieves Pérez Riego, “Él, de Mercedes Pinto: vanguardia y paranoia”, que leí en 1992 gracias a la copia que me ofreció su autora; su trabajo fue finalmente publicado en Italia (Quaderni Ibero-Americani, 83-84 (1998), pp. 69-79). La información de Pérez Riego me condujo al artículo de Pilar Domínguez Prats: “Mercedes Pinto: una exiliada canaria en Hispanoamérica”, VIII Coloquio de Historia Canarias-América, Tomo I, Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria-Instituto de Cooperación Iberoamericana, Las Palmas de Gran Canaria, 1988, pp. 311-326. Ambos textos me descubrieron el carácter polifacético del personaje, y me sirvieron como primeras referencias a la hora de iniciar la búsqueda de sus obras. Más adelante haré mención de otros trabajos pioneros, producidos en el ámbito insular, que han contribuido a esclarecer la vida y la obra de la escritora.

[7] Luis G. Basurto, “Crónica de México”, El Heraldo de México, martes 27 de octubre de 1970, p. 4C.

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